sábado, 22 de enero de 2011

El bebé

Y llegó el tan esperado nuevo miembro de la familia.
Ciento sesenta y dos kilómetros viajamos con el pequeño. Fue una odisea más o menos la que nos mandamos.
Todo partió cuando con mi mamá buscamos cachorros por mercado libre, sólo por mirar. Ella me pidió específicamente que buscara de raza Maltés. Entre los tantos ejemplares apareció este pequeño, originario de Valdivia. Hicimos el contacto con la dueña y lo fuimos a buscar junto a mi pololo, o novio como le dicen en otras partes.
Cuando lo vi en el terminal, me enamoré perdidamente. Ahí estaba, envuelto en una mantita de polar azul, con su collar y pañuelo rojo al cuello. Un amor hecho perro.
Recorrimos la costanera con él, pero nos era casi imposible caminar con la gente mimando al cachorro. "¡Qué lindo el perrito! ¿cómo se llama?", se repitió incansablemente. Yo estaba feliz.
Cuando ya nos teníamos que venir, lo metí en un bolso pequeño que tenía, y a causa de sus largas caminatas, se durmió inmediatamente. El bus se demoró diez minutos, y mientras tanto él dormía plácidamente. Nos subimos, y al minuto despertó muy inquieto, queriendo trepar nuestros cuerpos e imponerse en el lugar. No le duró mucho la intención, porque al encontrar el espacio que quedaba entre nuestras piernas, no dudó en mantener su tranquilo sueño anterior. En ese momento, lo cubrimos con una manta y cuando el auxiliar del bus pasó cortando los boletos, ni se percató del polizonte que permanecía oculto en el lugar.
Llegamos muy bien y fue recibido de la misma forma en mi hogar, donde todos esperamos que nos llene de alegría la vida. En realidad, no lo dudo.
Y en cuanto a lo más importante, el nombre. Le habíamos puesto Tomás, y todos fuimos felices con eso, hasta que lo presentamos en sociedad en la casa de mi abuela y nos dimos cuenta de que mi primo se llama igual.
Aún no nos ponemos de acuerdo, pero pronto saldrá del horno el nombre que este pequeño lleve para toda su vida.

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